Muralla China: El Cielo que no puede esperar

Beijing (crónica Marco Antonio Bravo, enviado especial).- Confieso que ir a la Muralla China era un deseo casi imposible de cumplir, no solamente por los costos que demanda viajar a China, sino porque había que encontrar alguna circunstancia, alguna coyuntura que haga posible este sueño hecho realidad.

Aprovechando la cordial invitación de la embajada de China en Ecuador y el Ministerio de Relaciones Exteriores de China, un grupo de periodistas (100), representando a más de 60 países, acudimos a la invitación que, entre otras cosas, incluía la visita al tradicional monumento de vida que representa más de 7.000 kilómetros de extensión.

El 29 de abril del 2010 llegó el momento esperado por más de 45 años, el grupo de prensa de América Latina y el Caribe se preparó desde las primeras horas para llegar al sitio plagado de turistas… lleno de comercio. Llegamos a las 11h00 provenientes de Beijing, en nuestro último día de instancia en la capital china.

Tras un viaje de una hora y 30 minutos aproximadamente, llegamos al sitio para comenzar a escalar, escalar y escalar. Una muralla que tiene tantos escalones no se la puede subir de una sola;  es imposible, a menos que uno sea atleta de competencia. Lograr subir los miles de escalones que están enlistados uno tras otro para ser devorados por los impacientes trepadores (en su gran mayoría amateurs y que tratan de comerse la muralla en menos de lo que canta un gallo) es una tarea prácticamente imposible.

El éxito de escalar la Muralla China consiste en escalarla paulatinamente, haciendo una parada cada cierto tiempo: retomar el aire, respirar adecuadamente y sobre todo mirar el esplendoroso paisaje desde arriba. Mientras se avanza, se puede mirar a las personas como pequeñas ‘pulgas’ que tratan de llegar lo más alto posible y que cada vez se quedan en el camino.

El guía del grupo estableció una hora para subir, bajar y luego encontrarnos en el bus para dirigirnos directamente al aeropuerto de Beinjing y tomar un vuelo a Shanghai, nuestra siguiente parada.

Era muy poco tiempo para aprovechar la majestuosidad de la montaña, muy poco espacio para  escalar, meditar y pensar en la vida misma, en la oportunidad de estar en uno de los lugares más sagrados del planeta cuya construcción, según unos historiadores, data a finales del Siglo XVI cuando la dinastía Ming controlaba eficazmente ese lado del mundo. Otros,  atribuyen su construcción a Qin Shihuang di, a finales del siglo III A.C.

Realmente no conté el número de escalones que subí, pero aunque parecería mentira,  junto con los colegas brasileros, fui el único en llegar tan alto en esta cruzada por llegar al cielo mismo de la humanidad. Calculé que mi epopeya tardó 45 minutos de subida y 20 de bajada.

Trepar a la Gran Muralla China no solamente era cuestión de honor con los demás colegas latinoamericanos, sino una especie de obligación moral conmigo mismo que exigía agritos un espacio a solas para pensar en las grandes cosas que seguirán presentes en mi vida.

La Gran Muralla China es uno de los lugares más hermosos del mundo y que, inteligentemente, es parte del gran espacio turístico que vende China. Los turistas se siente maravillados, uno le llaman el camino al cielo, otros el espacio de encuentro personal, otros la maravillosa obra de los visionarios emperadores chinos y otros la “Tortura China”, por la imposibilidad de mantenerse de pie una vez que se intenta escalar uno de los sitios más altos del mundo.

Yo le llamo simplemente la gran obra celestial que demuestra la grandeza del ser humano y la comunión con Dios que está a la espera de un momento en paz para comunicar sus grandezas. El Cielo no puede esperar. Crónica de Marco Antonio Bravo desde la Gran Muralla China.

Salir al aire libre, soltarse el cabello,
Relajarse, mover el cuerpo lentamente,
Meditación en movimiento

Lo externo es dinámico; lo interno permanece en calma…

Yin y Yang (“Todo bajo el cielo” – M.Asensi)

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